
Me asomo a verte
la frente reclinada,
leyendo del Bigbang,
los pandas y el ozono,
cuando el sol se rinde
en tus rodillas.
Veo asomado
al vano de otras tardes
otro revuelo igual
de masa, angustia y percalina
Yo que te quise
Dios entre nosotros,
no podré defenderte de la vida
del borceguí en la puerta,
del cáncer en el vientre,
ni el vuelco en la banquina.
Por eso, hundo otra vez
los dedos en la harina,
y hago una rosca grande
en la mesada
y le echo leche y miel
y unas gotas de vainilla,
como un abrazo enorme,
inexpugnable,
y te amaso con mis manos,
Emanuel,
galletitas.

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